silencio, se oyó su voz sobrenatural anunciando aquel surtidor plateado y bañado por la luna, cada marinero reclinado se puso en pie de un salto como si un espíritu alado se hubiera posado en el aparejo y saludado a la mortal tripulación. > «¡Por allí sopla!» Si hubiera resonado la trompeta del juicio final, no habrían temblado más; sin embargo, seguían sin sentir terror; más bien placer. Pues aunque era una hora de lo más inusual, el grito era tan imponente y tan delirantemente estimulante que casi todas las almas a bordo desearon instintivamente arriar los
Caminando por la cubierta con zancadas rápidas y ladeadas, Ahab ordenó izar los juanetes y sobrejuanetes, y desplegar todas las alas de proa. El mejor hombre del barco debía tomar el timón. Luego, con todos los palos ocupados en la altura, la embarcación atestada de velas avanzó rodando a favor del viento. La extraña tendencia ascendente y elevadora de la brisa en la popa, que llenaba los senos de tantas velas, hacía que la cubierta, flotante y suspendida, se sintiera como aire bajo los pies; mientras ella seguía precipitándose, como si dos influencias antagónicas lucharan en su interior: una por ascender directamente al cielo, la otra por dirigirse oscilante hacia alguna meta horizontal. Y si hubierais observado el rostro de Ahab aquella noche, habríais pensado que en él también dos cosas distintas estaban combatiendo. Mientras su única pierna viva hacía resonar ecos alegres por la cubierta, cada golpe de su miembro muerto sonaba como el golpeteo de un ataúd. Sobre la vida y la muerte caminaba este viejo. Pero aunque el barco avanzaba con tanta rapidez, y aunque de cada ojo, como flechas, se disparaban las miradas ansiosas, el surtidor plateado no volvió a verse en toda la noche. Todos los marineros juraron haberlo visto una vez, pero ni una segunda.
Este surtidor de medianoche casi se había convertido en cosa olvidada, cuando, algunos días después, ¡he aquí que a la misma hora silenciosa fue