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nydus/Moby DickPublic
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XVII. Ramadán

El Ramadán

Como el Ramadán, o Ayuno y Humillación, de Queequeg iba a durar todo el día, no quise molestarlo hasta cerca del anochecer; pues profeso el más profundo respeto hacia las obligaciones religiosas de todo el mundo, por muy cómicas que sean, y no me cabría en el corazón menospreciar ni a una congregación de hormigas adorando un hongo; ni a esas otras criaturas de ciertas partes de nuestro planeta que, con un grado de servilismo sin precedentes en otros mundos, se postran ante el torso de un difunto terrateniente meramente a causa de las desmedidas posesiones que aún se poseen y alquilan en su nombre.

Digo yo que los buenos cristianos presbiterianos deberíamos ser caritativos en estas cuestiones, y no creernos muy superiores a los demás mortales, paganos y lo que sea, a causa de sus ideas medio descabelladas sobre estos asuntos. Ahí estaba Queequeg, sin duda albergando las nociones más absurdas acerca de Yojo y su Ramadán; pero ¿y qué? Supongo que Queequeg creía saber lo que se hacía; parecía estar contento; y que así descanse. Todas nuestras discusiones con él no servirían de nada; dejémoslo en paz, digo yo; y que el Cielo tenga piedad de todos nosotros —presbiterianos y paganos por igual—, pues todos estamos de algún modo mal de la cabeza y necesitamos que nos reparen a fondo.

Hacia el anochecer, cuando creí tener la seguridad de que todas sus actuaciones y rituales habrían terminado, subí a su habitación y llamé a la puerta; pero no hubo respuesta. Intenté abrirla, pero estaba trancada por dentro.

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