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XLI. Moby Dick

una animosidad corporal repentina y apasionada; y cuando recibió el golpe que lo desgarró, probablemente solo sintió la agonizante laceración física, pero nada

Sin embargo, cuando por dicha colisión se vio obligado a emprender el regreso a casa, y durante largos meses de días y semanas, Ahab y la angustia yacieron estirados juntos en una misma hamaca, bordeando en pleno invierno aquel sombrío y ululante cabo Patagónico; fue entonces cuando su cuerpo desgarrado y su alma lacerada se desangraron el uno en la otra; y, fundiéndose así, lo volvieron loco.

Que solo entonces, en el viaje de regreso, tras el encuentro, se apoderó de él la monomanía definitiva, parece poco menos que seguro por el hecho de que, a intervalos durante la travesía, era un lunático furioso; y aunque despojado de una pierna, tal fuerza vital acechaba todavía en su pecho egipcio, intensificada además por su delirio, que sus oficiales se veían obligados a atarlo bien, aun allí, mientras navegaba, delirando en su hamaca.

En una camisa de fuerza, se mecía al compás de los locos vaivenes de los vendavales.

Y, al adentrarse en latitudes más benignas, el barco, con suaves tomatierras desplegados, surcó los tranquilos trópicos y, por lo que parecía, el delirio del viejo hombre había quedado atrás, junto con el oleaje del Cabo de Hornos, y salió de su oscura guarida a la bendita luz y al aire; aun entonces, cuando lucía ese aspecto firme y sereno, por pálido que estuviera, y daba sus calmas órdenes una vez más; y sus oficiales le daban gracias a Dios porque la pavorosa locura ya se había esfumado; aun entonces, Ahab, en su fuero interno, seguía delirando.

La locura humana es a menudo una cosa astuta y de lo más felina. Cuando crees que ha huido, puede haberse transfigurado simplemente en alguna forma aún más sutil. La completa demencia de Ahab no

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