Aunque se negaba, por escrúpulos de conciencia, a portar armas contra invasores terrestres, él mismo había invadido sin límites el Atlántico y el Pacífico; y aunque era un enemigo jurado del derramamiento de sangre humana, bajo su levita había vertido toneladas y toneladas de sangre de leviatán. Cómo en la contemplativa tarde de sus días el piadoso Bildad conciliaba estas cosas en el recuerdo, no lo sé; pero no parecía preocuparle mucho, y muy probablemente hacía tiempo que había llegado a la sabia y sensata conclusión de que la religión de hombre es una cosa, y este mundo práctico otra muy distinta. > Este mundo paga
Elevado desde un grumete con ropas cortas del más aburrido gris, hasta arponero de chaleco amplio y abombado; pasando de ahí a timonel, primer oficial y capitán, y por fin a armador; Bildad, como insinué antes, había concluido su aventurera carrera retirándose por completo de la vida activa a la respetable edad de sesenta años, y dedicando sus días restantes a recibir tranquilamente su bien ganado ingreso.
Ahora bien, Bildad, lamento decirlo, tenía fama de ser un viejo avaro incorregible y,