todo lo que hay de verdaderamente maravilloso y temible en el hombre, jamás ha sido puesto aún en palabras ni en libros. Y la proximidad de la Muerte, que nivela a todos por igual, impresiona a todos por igual con una última revelación que solo un autor resucitado de entre los muertos podría contar adecuadamente. De modo que —digámoslo otra vez— ningún caldeo ni griego moribundo tuvo pensamientos más altos y santos que aquellos cuyas misteriosas sombras veías deslizarse por el rostro del pobre Queequeg, mientras yacía tranquilamente en su hamaca oscilante, y el mar bravío parecía mecerlo suavemente hacia su descanso final, y la invisible marea alta del océano lo alzaba más y más hacia su cielo predestinado.
No hubo un solo hombre de la tripulación que no lo diera por perdido; y, en cuanto al propio Queequeg, lo que pensaba de su situación quedó demostrado de forma elocuente mediante un curioso favor que pidió. Llamó a uno de ellos en la gris guardia del alba, cuando el día apenas comenzaba a romper, y tomándole la mano, le dijo que estando en Nantucket había tenido la ocasión de ver ciertas canoas pequeñas de madera oscura, semejantes a la preciada madera de guerra de su isla natal; y al informarse, había sabido que a todos los balleneros que morían en Nantucket los depositaban en esas mismas canoas oscuras, y que la idea de ser depositado de ese modo le había agradado mucho; pues no era muy distinta a la costumbre de su propia raza, la cual, tras embalsamar a un guerrero muerto, lo tendía en su canoa y así lo dejaba para que fuera llevado a la deriva hacia los archipiélagos estrellados; porque no solo creen que las estrellas son islas, sino que, mucho más allá de todos los horizontes visibles, sus propios mares apacibles y sin continentes se funden con los cielos azules, formando así las blancas rompientes de la vía láctea. Añadió que se estremecía ante la idea de ser enterrado en su hamaca, según la costumbre marinera habitual, arrojado como algo vil a los