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IV. La colcha

Me sentía terriblemente. Pero no había más remedio, así que subí a mi pequeña habitación en el tercer piso, me desnudé lo más lentamente posible para matar el tiempo y, con un amargo suspiro, me metí entre las sábanas.

Yacía allí calculando sombríamente que debían transcurrir dieciséis horas enteras antes de poder esperar una resurrección.

¡Dieciséis horas en la cama!; a los riñones me dolía de solo pensarlo. Y además hacía tanta claridad; el sol brillando en la ventana, un gran traqueteo de carruajes en las calles y el eco de voces alegres por toda la casa.

Me sentía cada vez peor; al fin me levanté, me vestí y, bajando sigilosamente en calcetines, busqué a mi madrastra y de repente me arrojé a sus pies, suplicándole como un favor especial que me diera una buena tanda de zapatillazos por mi mal comportamiento; cualquier cosa antes que condenarme a guardar cama durante un tiempo tan insufrible.

Pero ella era la mejor y más concienzuda de las madrastras, y de vuelta tuve que ir a mi habitación.

Durante varias horas permanecí allí completamente despierto, sintiéndome mucho peor de lo que jamás me he sentido desde entonces, incluso a causa de mis mayores desgracias posteriores. Al fin debí de caer en un sopor de pesadilla turbada; y al despertar lentamente de él —medio sumergido en sueños— abrí los ojos, y la habitación que antes estaba bañada por el sol se encontraba ahora envuelta en la más completa oscuridad.

Al instante sentí una descarga que me recorría todo el cuerpo; no se veía nada y no se oía nada; pero una mano sobrenatural parecía posada en la mía.

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