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LXXXVII

crías hubiesen sido encerradas a propósito en este redil más recóndito; y como si la vasta extensión de la manada les hubiera impedido hasta entonces conocer la causa precisa de su detención; o, posiblemente, por ser tan jóvenes, ingenuas y, en todos sentidos, inocentes e inexperimentadas; fuere como fuere, estas ballenas más pequeñas —que de vez en cuando visitaban nuestra embarcación sumida en la calma desde el margen del lago— demostraron una intrepidez y una confianza maravillosas, o bien un pánico igualmente hechizado ante el cual era imposible dejar de asombrarse. Como perros domésticos vinieron a olfatear a nuestro alrededor, justo hasta las bordas, y a tocarlas; hasta que casi pareció que algún sortilegio las había domesticado de repente. Queequeg les acariciaba la frente; Starbuck les rascaba el lomo con su arpón; pero, temeroso de las consecuencias, por el momento se abstuvo de arrojarlo.

Pero muy por debajo de este maravilloso mundo de la superficie, otro mundo aún más extraño salió a nuestro encuentro al asomarnos por la borda. Pues, suspendidas en aquellas bóvedas acuáticas, flotaban las formas de las madres nodrizas de las ballenas, y las de aquellas que, por su enorme corpulencia, parecían estar a punto de serlo. El lago,

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