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XXIX. Entra Ahab; Hacia él, Stubb

tumba nocturna; donde los de tu especie duermen entre sábanas amortajadas, para acostumbraros al fin a llenar una. —¡Abajo, perro, y a la perrera!

A partir de la imprevista exclamación final del anciano, que de pronto se mostraba tan desñoso, Stubb se quedó mudo un momento; luego dijo con excitacion: —No estoy acostumbrado a que me hablen de ese modo, señor; y no me gusta ni medio, señor.

—¡Alto ahí! —crujió Ahab entre los dientes apretados, alejándose con violencia, como si quisiera evitar alguna apasionada tentación.

—No, señor; todavía no —dijo Stubb, envalentonado—; no voy a consentir mansamente que me llamen perro, señor.

—¡Pues que te llamen diez veces borrico, y mula, y asno, y vete de una vez, o te haré polvo!

Al decir esto, Ahab avanzó hacia él con terrores tan imponentes en el semblante, que Stubb retrocedió involuntariamente.

—Nunca me habían tratado así sin dar un buen golpe a cambio —murmuró Stubb al verse bajando por la escotilla de la cámara—. Es muy raro. Detente, Stubb; no sé muy bien cómo, pero ahora no sé si volver y golpearle, o —¿qué es eso?—, ¿ponerme aquí de rodillas y rezar por él? Sí, ese era el pensamiento que me venía a la cabeza; pero sería la primera vez en mi vida que rezo. Es raro; muy raro; y él también es raro; vaya, míressele por donde se le mire, es el viejo más raro con el que Stubb jamás ha navegado. ¡Cómo me echó una mirada fulminante!, ¡tenía los ojos como cazoletas de pólvora! ¿Está loco? De todos modos, hay algo en su cabeza, tan seguro como que tiene que haber algo en la cubierta cuando esta cruje.

Tampoco está en su cama ahora, ni siquiera tres horas de las veinticuatro; y ni duerme entonces.

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