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LIV. La historia del *Town-Ho*

saquear a uno rico. En suma, caballeros, lo que es la indomabilidad de esta vida de canal se evidencia enfáticamente en esto: que nuestra salvaje pesca de ballenas contiene a tantos de sus más acabados graduados, y que casi ninguna raza humana, excepto los hombres de Sídney, es tan desconfiada por nuestros capitanes balleneros. Ni disminuye en lo más mínimo la curiosidad de este asunto el que, para muchos miles de nuestros muchachos rurales y jóvenes nacidos a lo largo de su trazo, la vida probatoria del Gran Canal proporcione la única transición entre segar tranquilamente en un campo de maíz cristiano y surcar imprudentemente las aguas de los mares más bárbaros.

—¡Ya veo! ¡Ya veo! —exclamó con impetuosidad don Pedro, derramando su chicha sobre sus plateados vuelos—. ¡No hay necesidad de viajar! El mundo entero es una sola Lima. Yo había creído, fíjate, que en vuestro templado Norte las generaciones eran frías y santas como las colinas.⁠—Pero la historia.

“Lo dejé, señores, en el momento en que el hombre del lago sacudía el estay.

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