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XXXIV. La mesa del camarote

Además, si diera la casualidad de que un simple marinero del Pequod le guardara resentimiento a Flask por su condición oficial, todo lo que ese marinero tenía que hacer, para obtener cumplida venganza, era ir a popa a la hora de cenar y echarle un vistazo a Flask a través de la claraboya del camarote, sentado allí, bobo y estupefacto ante el temible Ahab.

Ahora bien, Ahab y sus tres oficiales formaban lo que podría llamarse la primera mesa en el camarote del Pequod.

Tras su marcha, que tuvo lugar en orden inverso a su llegada, el mantel de lona fue despejado, o más bien devuelto a un orden apresurado por el pálido mayordomo.

Y entonces los tres arponeros fueron invitados al banquete, siendo ellos sus legatarios universales. Hicieron del augusto y poderoso camarote una especie de comedor provisional de servicio.

En extraño contraste con la apenas soportable opresión y el innominado e invisible despotismo de la mesa del capitán, reinaba la absoluta y despreocupada libertad y desparpajo, la democracia casi frenética de aquellos sujetos inferiores que eran los arponeros.

Mientras sus amos, los oficiales, parecían temerle al ruido de las bisagras de sus propias quijadas, los arponeros masticaban la comida con tanto deleite que hasta se oía el chasquido. Cenaban como señores; se llenaban la panza como barcos de las Indias cargándose de especias todo el día.

Tan portentosos apetitos tenían Queequeg y Tashtego, que para llenar los huecos dejados por la anterior comilona, a menudo el pálido Dough-Boy se veía obligado a traer una gran babilla de carne salada, que parecía extraída a canteras del buey macizo. Y si no andaba listo en el asunto, si no iba con un ágil brinco y salto, Tashtego tenía la poco caballerosa costumbre de apresurarle lanzándole un tenedor a la espalda, a modo de arpón.

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