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XLII. La blancura de la ballena

de significado, en un amplio paisaje de nieves —un colorista, omnicolor ateísmo del que nos encogemos?

Y cuando consideramos esa otra teoría de los filósofos naturales, según la cual todos los demás matices terrenales —toda heráldica majestuosa o encantadora—, los dulces tintes de los cielos y los bosques al atardecer; sí, y los terciopelos dorados de las mariposas, y las mejillas de mariposa de las jóvenes; todo esto no son sino engaños sutiles, que en realidad no son inherentes a las sustancias, sino tan solo aplicados desde el exterior; de modo que la Naturaleza divinizada se maquila exactamente igual que la ramera, cuyos encantos no cubren sino el osario que lleva dentro; y cuando avanzamos más, y consideramos que el cosmético místico que produce cada uno de sus matices, el gran principio de la luz, permanece siempre blanco o incoloro en sí mismo, y que si operara sin un medio sobre la materia, tocaría todos los objetos, incluso los tulipanes y las rosas, con su propio tinte inexpresivo; al meditar en todo esto, el universo paralizado se antepone a nosotros como un leproso; y al igual que los obstinados viajeros en Laponia, que se niegan a usar lentes de colores y colorantes ante los ojos, así el infeliz infiel se queda ciego de tanto mirar el monumental sudario blanco que envuelve todo el panorama a su alrededor.

Y de todas estas cosas el ballenato albino era el símbolo. ¿Os extrañáis, pues, de la caza ardiente?

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