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LXXIV

Viremos ahora, con cuantas palancas y máquinas de vapor tengamos a mano, la cabeza del cachalote para que quede boca arriba; luego, subiendo por una escalera hasta la cumbre, echemos un vistazo al interior de la boca; y, de no ser porque el cuerpo ya está completamente separado de ella, podríamos descender con un farol a la gran Cueva de Mammoth de Kentucky que es su estómago.

Pero aguantémonos aquí de este diente y miremos a nuestro alrededor para ver dónde estamos.

¡Qué boca tan verdaderamente hermosa y de aspecto casto!, de suelo a techo, forrada, o más bien empapelada con una membrana blanca y reluciente, lustrosa como los satines nupciales.

Pero sal ahora, y mira esta portentosa mandíbula inferior, que parece la tapa larga y angosta de una tabaquera inmensa, con la bisagra en un extremo en vez de en un lado.

Si la palancas hacia arriba, de modo de alzarla por encima de la cabeza y exponer sus hileras de dientes, parece una reja espantosa; y tal, ¡ay!, resulta ser para más de un pobre infeliz de la pesca, sobre el cual caen estas púas con fuerza de empalamiento.

Pero mucho más terrible es contemplarla cuando, a muchas brazas de profundidad en el mar, ves a alguna ballena hosca, flotando ahí suspendida, con su mandíbula prodigiosa, de unos quince pies de largo, colgando verticalmente en ángulo recto con su cuerpo, tal cual el botalón de un barco.

Esta ballena no está muerta; solo está desanimada; indispuesta, tal vez; hipocondríaca; y tan supina que las bisagras de su mandíbula se han relajado, dejándola allí en esa condición desgarbada, una afrenta para toda su estirpe que, sin duda, debe desearle el tétanos.

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