El doblón
Ya antes se ha contado cómo Ahab solía pasearse por su castillo de popa, haciendo idas y venidas regulares entre sus dos extremos, la bitácora y el palo mayor; pero en la multiplicidad de otras cosas que requerían ser relatadas no se había añadido cómo a veces en estos paseos, cuando más sumido estaba en sus pensamientos, solía detenerse a su vez en cada punto y quedarse allí contemplando extrañamente el objeto particular que tenía ante sí.
Cuando se detenía ante la bitácora, con la mirada fija en la aguja puntiaguda de la brújula, esa mirada se disparaba como un dardo con la intensidad puntiaguda de su propósito; y al reanudar su marcha volvía a pararse ante el palo mayor, entonces, al posarse esa misma mirada clavada sobre la moneda de oro clavada allí, seguía ostentando el mismo aspecto de firmeza inquebrantable, tan solo matizado por un cierto anhelo desenfrenado, por no decir esperanza.
Pero una mañana, al volverse para pasar junto al doblón, pareció verse atraído de nuevo por las extrañas figuras e inscripciones acuñadas en él, como si ahora por primera vez empezara a interpretar por sí mismo, de algún modo monomaníaco, cualquier significado que pudiera ocultarse en ellas. > Y cierto significado se oculta en todas las cosas, de otro modo todas las cosas carecerían de valor, y el mundo redondo en sí mismo no sería más que un cero vacío, salvo para venderlo por carretadas, como hacen con las