—«Un monstruo inmortal muy blanco, y famoso, y de lo más mortífero, don; —pero esa sería una historia demasiado larga».
—«¿Cómo? ¿Cómo?», gritaron todos los jóvenes españoles, amontonándose.
« “¡No, dones, dones—no, no! No puedo ensayar eso ahora. Déjenme salir más al aire libre, señores”.
—¡La chicha! ¡la chicha! —gritó Don Pedro—; nuestro vigoroso amigo parece desfallecer; ¡llenad su vaso vacío!
—No hay necesidad, caballeros; un momento y prosigo.—Ahora bien, caballeros, al percibir tan de repente la ballena nevada a menos de cincuenta yardas del barco—olvidándose del pacto entre la tripulación—, en la emoción del momento, el hombre de Tenerife había alzado instintiva e involuntariamente la voz por el monstruo, aunque desde hacía ya un rato se le divisaba claramente desde los tres sombríos masteleros. Todo era ya un delirio. «¡La Ballena Blanca—la Ballena Blanca!» fue el grito del capitán, los oficiales y los arponeros, quienes, sin dejarse deterner por los temibles rumores, estaban