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LXXXVII

en el aire y se contemplaban a través de una atmósfera mezclada de neblina azulada, parecía las mil alegres chimeneas de alguna metrópolis populosa, divisadas en una templada mañana otoñal por algún jinete en una altura.

Como ejércitos en marcha que se aproximan a un desfiladero hostil en las montañas, aceleran su marcha, con el anhelo de dejar atrás ese paso peligroso y extenderse una vez más con relativa seguridad sobre la llanura; así pareció también apresurarse ahora esta vasta flota de ballenas a través de los estrechos; contrayendo gradualmente las alas de su semicírculo y nadando hacia adelante en un centro compacto, pero aún en forma de media luna.

Con todo el velamen desplegado, el Pequod corrió tras ellos; los arponeros empuñaban sus armas y vitoreaban ruidosamente desde proa de sus botes aún suspendidos.

Si el viento tan solo aguantaba, pocas dudas les cabían de que, una vez perseguida a través de estos estrechos de la Sonda, la inmensa hueste no haría sino desplegarse en los mares orientales para presenciar la captura de no pocos de los suyos.

¡Y quién podía decir si, en aquella caravana congregada, el propio Moby Dick no estaría nadando temporalmente, como el venerado elefante blanco en la procesión de coronación del rey de Siam!

Así, con rastreras sobre rastreras amontonadas, navegamos impelidos, arreando ante nosotros a aquellos leviatanes; cuando, de repente, se oyó la voz de Tashtego, que señalaba a voces algo en nuestra estela.

Correspondiendo al creciente de nuestra proa, divisamos otro en la popa. Parecía formado por vapores blancos y separados, que subían y bajaban algo así como los surtidores de las ballenas; solo que no aparecían y desaparecían por completo, pues se mantenían flotando constantemente,

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