Tal vez lo fuesen; o quizá hubiera bancos de ellas en el lejano horizonte; pero este joven despistado, adormecido por una modorra semejante a la del opio, hecha de ensoñaciones vacías e inconscientes, debido al compás entrelazado de las olas y los pensamientos, acaba perdiendo su identidad; toma el océano místico a sus pies por la imagen visible de esa alma profunda, azul y sin fondo que impregna a la humanidad y a la naturaleza; y cada cosa extraña, medio vista, deslizante y hermosa que se le escapa, cada aleta vagamente descubierta que emerge de alguna forma imperceptible, le parece la encarnación de esos esquivos pensamientos que solo pueblan el alma al cruzarla fugazmente sin cesar. En este estado de ánimo encantado, tu espíritu refluye hacia donde vino; se difunde por el tiempo y el espacio; como las cenizas panteístas esparcidas de Cranmer, llegando a formar parte, al fin, de cada costa en todo el redondo globo.
Ya no hay vida en ti, ahora, excepto esa vida oscilante que te imparte un barco que se balancea con suavidad; un barco que la toma prestada del mar; y el mar, de las inescrutables mareas de Dios.
Pero mientras este sueño, este ensueño te envuelve, mueve un pie o una mano una sola pulgada; afloja tu agarre tan solo un poco; y tu identidad regresa con horror. Sobre vórtices cartesianos teciernes. Y tal vez, al mediodía, en el más apacible de los climas, con un grito medio ahogado caigas a través de ese aire transparente en el mar de verano, para no volver a emerger jamás.
¡Prestad bien atención a esto, panteístas!