En el clima sereno de los trópicos resulta sumamente agradable estar en el tope del mástil; es más, para un hombre soñador y meditabundo es una delicia. Allí estás de pie, a cien pies sobre las cubiertas silenciosas, surcando las profundidades como si los mástiles fueran zancos gigantescos, mientras debajo de ti y entre tus piernas, por decirlo así, nadan los monstruos más descomunales del mar, tal como los barcos una vez navegaron entre las botas del famoso Coloso en la antigua Rodas. Allí estás de pie, perdido en la serie infinita del mar, sin más alteración que la de las olas. El barco embelesado se balancea con desidia; los adormecidos vientos alisios soplan; todo te sumerge en el languidecimiento.
En su mayor parte, en esta vida ballenera tropical, una deslumbrante falta de acontecimientos te envuelve; no oyes noticias; no lees gacetas; los suplementos con relatos alarmantes de cosas cotidianas nunca te engañan provocando emociones innecesarias; no te enteras de ninguna desgracia doméstica, ni de valores en quiebra, ni de caídas de la bolsa; jamás te turba el pensamiento de qué habrás de cenar, pues todas tus comidas para tres años y más están ordenadamente guardadas en barriles, y tu menú es inmutable.
En uno de esos balleneros del sur, en una larga travesía de tres o cuatro años, como suele suceder, la suma de las diversas horas que pasas en el tope del mástil equivaldría a varios meses enteros. Y es muy de lamentar que el lugar al que dedicas una porción tan considerable de todo el término de tu vida natural carezca de manera tan lamentable de cualquier cosa que se acerque a una acogedora habitabilidad, o que esté adaptado para engendrar un confortable sentimiento de pertenencia local, como el que corresponde a una cama,