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XVII. Ramadán

—Queequeg —dije con suavidad a través de la cerradura—; todo en silencio. —¡Oye, Queequeg! ¿Por qué no hablas? Soy yo: Ismael. Pero todo siguió tan quieto como antes. Empecé a alarmarme. Le había concedido un tiempo más que generoso; pensé que le podría haber dado un ataque de apoplejía. Miré por el ojo de la llave; pero como la puerta abría hacia un rincón extrañamente dispuesto de la habitación, la perspectiva desde la cerradura era tortuosa y siniestra. Solo alcanzaba a ver parte del pie de la cama y una línea de la pared, nada más. Me sorprendió descubrir apoyado contra la pared el astil de madera del arpón de Queequeg, que la patrona le había quitado la noche anterior, antes de que subiéramos a la alcoba. Qué extraño, pensé; pero en cualquier caso, dado que el arpón está ahí mismo, y rara vez o nunca sale a la calle sin él, por lo tanto tiene que estar aquí dentro, sin lugar a dudas.

—¡Queequeg!⁠—¡Queequeg!⁠—todo en silencio. Algo debía de haber ocurrido. ¡Apoplejía! Intenté abrir la puerta de un empujón, pero se resistió obstinadamente. Bajando corriendo, le comuniqué rápidamente mis sospechas a la primera persona que encontré: la camarera. ⁠—¡Válgame! ¡Válgame!⁠ —exclamó⁠—, me figuraba que pasaba algo. Fui a hacer la cama después de desayunar, y la puerta estaba con llave; ni un ratón se oía; y así de silencioso ha estado todo desde entonces. Pero pensé que tal vez se habrían marchado los dos y habían dejado cerrado el equipaje para que estuviera seguro. ¡Válgame! ¡Válgame, señora!⁠—¡Ama! ¡asesinato! ¡Señora Hussey! ¡apoplejía!⁠—y con estos gritos corrió hacia la cocina, seguida por mí.

La señora Hussey apareció poco después con un tarro de mostaza en una mano y una vinagrera en la otra, acabando de soltarse de la tarea de

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