anunciado de nuevo; de nuevo fue avistado por todos; pero al dar vela para alcanzarlo, una vez más desapareció como si nunca hubiera estado. Y así nos entretuvo noche tras noche, hasta que nadie le prestaba atención salvo para maravillarse de él. Surtido misteriosamente en la clara luz de la luna, o de las estrellas, según fuera el caso; desapareciendo de nuevo por un día entero, o dos días, o tres; y pareciendo de algún modo en cada repetida ocasión avanzar más y más en nuestra vanguardia, este surtidor solitario parecía atraernos eternamente.
Ni faltaron, con la inmortal superstición de su raza y en consonancia con el carácter sobrenatural que, al parecer, envolvía en tantas cosas al Pequod, algunos marineros que juraban que, fuese cuando fuese y donde fuese avistado; por muy remotos que fuesen los tiempos, o por muy distantes que fuesen las latitudes y longitudes, aquel inalcanzable surtidor era lanzado por una y la misma ballena; y esa ballena era Moby Dick. Durante un tiempo reinó también un sentimiento de pavor peculiar ante aquella fugaz aparición, como si nos estuviera guiando a traición cada vez más lejos, para que el monstruo pudiera volverse contra nosotros y destrozarnos al fin en los mares más remotos y salvajes.
Estas aprensiones pasajeras, tan vagas pero tan terribles, adquirían una potencia maravillosa debido a la serena contrastante del clima, en el cual, bajo toda su azul benignidad, algunos creían que acechaba un encanto diabólico, mientras día tras día navegábamos por mares tan cansina y solitariamente apacibles que todo el espacio, en repugnancia a nuestra vengativa misión, parecía vaciarse de vida ante nuestra proa en forma de urna.
Pero, al fin, al girar hacia el este, los vientos del Cabo comenzaron a aullar a nuestro alrededor, y subimos y bajamos sobre los largos y agitados