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CXXXIV

actualmente visible, para acertar con mayor seguridad en el promontorio remoto e invisible que eventualmente ha de visitar: así hace el pescador con la ballena, mirando su brújula; pues tras ser perseguida y observada diligentemente durante varias horas de luz diurna, cuando la noche oscurece al animal, la futura estela de la criatura en la oscuridad resulta casi tan evidente para la mente sagaz del cazador como la costa lo es para el piloto. De modo que para la asombrosa destreza de este cazador, la proverbial fugacidad de algo escrito en el agua, una estela, es a todos los efectos deseados casi tan fiable como la tierra firme. Y así como el poderoso Leviatán de hierro del ferrocarril moderno es tan conocido en cada uno de sus pasos que, con los relojes en la mano, los hombres cronometran su velocidad como los médicos el pulso de un bebé, y dicen a la ligera que el tren ascendente o descendente llegará a tal o cual lugar a tal o cual hora; casi de la misma manera, hay ocasiones en que estos hombres de Nantucket cronometran a ese otro Leviatán de las profundidades según el humor observado de su velocidad, y se dicen a sí tantos horas después esta ballena habrá recorrido doscientas millas, habrá alcanzado más o menos este o aquel grado de latitud o longitud. Pero para que esta agudeza sea finalmente exitosa, el viento y el mar deben ser aliados del ballenero; porque ¿de qué sirve en el presente al marinero calmado o retenido por el viento la destreza que le asegura que se encuentra exactamente a noventa y tres leguas y cuarto de su puerto? De estas afirmaciones se deducen muchos otros asuntos sutiles y colaterales tocantes a la caza de ballenas.

El buque seguía su marcha furiosa, dejando en el mar un surco semejante al de una bala de cañón que, desviada, se convierte en reja de arado y revuelve el llano campo.

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