Pero, tras abrir su bolsa con cierta dificultad, comenzó a rebuscar en ella y al poco sacó una especie de hacha de guerra y una cartera de piel de foca con el pelo todavía puesto. Tras colocar ambas cosas sobre el viejo baúl en mitad de la habitación, cogió la cabeza de Nueva Zelanda —una cosa bastante macabra— y la metió a presión en la bolsa.
Se quitó entonces el sombrero —un sombrero de castor nuevo—, momento en el que casi grité de renovada sorpresa. No tenía pelo en la cabeza —nada digno de mención, al menos—, nada salvo un pequeño moño de pelo retorcido sobre la frente. Su cabeza calva y purpurina parecía por completo un cráneo enmohecido. De no haber estado el desconocido entre la puerta y yo, habría salido disparado de allí más rápido de lo que jamás devoré una cena.
Aun así, pensé en escaparme por la ventana, pero era un segundo piso que daba al patio.
No soy ningún cobarde, pero qué hacer con este sinvergüenza morado traficante de cabezas superaba por completo mi comprensión.
La ignorancia es madre del miedo, y al hallarme tan desconcertado y confundido respecto al desconocido, confieso que ahora le tenía tanto miedo como si fuera el mismo diablo quien de este modo se hubiera metido en mi habitación en lo más profundo de la noche.
De hecho, le tenía tanto miedo que en ese momento me faltó valor para dirigirme a él y exigirle una respuesta satisfactoria sobre lo que en él parecía inexplicable.
Mientras tanto, continuó con la tarea de desnudarse y al fin dejó ver su pecho y sus brazos. ¡Válgame Dios!, estas partes cubiertas de su cuerpo estaban ajedrezadas con los mismos cuadros que su rostro; su espalda