La cabecera
Fue durante el tiempo más apacible cuando, en riguroso turno con los demás marineros, me tocó por primera vez vigilar desde el tope.
En la mayoría de los balleneros americanos, los puestos de vigía se ocupan casi simultáneamente a la salida del buque de su puerto; aun cuando tenga que navegar quince mil millas, o más, antes de llegar a su zona de caza propiamente dicha. Y si, tras un viaje de tres, cuatro o cinco años, se acerca a casa con algo vació en sus bodegas —digamos que un frasco vacío incluso—, entonces sus puestos de vigía se mantienen ocupados hasta el final; y no es sino hasta que sus palos de juanete de proa se mezclan entre las agujas de los campanarios del puerto, que abandona por completo la esperanza de capturar una ballena más.
Ahora bien, siendo el oficio de vigilar desde lo alto de los mástiles, ya sea en tierra o en alta mar, muy antiguo e interesante, explayémonos aquí en cierta medida. Considero que los primeros vigías de mástiles fueron los antiguos egipcios; porque, en todas mis investigaciones, no encuentro ninguno anterior a ellos. Pues aunque sus progenitores, los constructores de Babel, sin duda debieron de haber querido levantar con su torre el más alto mástil de toda Asia, o de África también; sin embargo (antes de colocarle el remate final), como puede decirse que ese gran mástil de piedra suyo se vino abajo a causa de la pavorosa tormenta de la cólera de Dios, por lo tanto, no podemos otorgar a estos constructores de Babel prioridad sobre los egipcios.