su camino, hasta que por fin la ballena aminoró un poco su huida.
“¡Cobren — cobren!” gritó Stubb al proel; y, girando hacia la ballena, toda la tripulación comenzó a acercar el bote a ella a fuerza de remos, mientras el bote aún seguía siendo remolcado. Poniéndose pronto a la altura de su flanco, Stubb, hincando firmemente la rodilla en el portafusil, arrojó dardo tras dardo al pez huidizo; a la voz de comando, el bote se apartaba alternadamente del horrible pataleo de la ballena para luego volver a aproximarse para otro lanzamiento.
La marea roja brotaba ahora por todos lados del monstruo como arroyuelos por una colina. Su cuerpo atormentado no rodaba en salmuera, sino en sangre, que hervía y bullía a lo largo de estadios enteros en su estela.
El sol oblicuo, jugando sobre este charco carmesí en el mar, devolvía su reflejo en cada rostro, de modo que todos brillaban mutuamente como hombres rojos.
Y todo el tiempo, chorro tras chorro de humo blanco era disparado con agonía por el espiráculo de la ballena, y vaho vehemente tras vaho por la boca del arponero exaltado; pues a cada estocada, tirando de su lanza encorvada (mediante el cabo atado a ella), Stubb la enderezaba una y otra vez con unos rápidos golpes contra la borda, para luego clavársela una y otra vez a la ballena.