Según esta distribución, cada confederación comprendería una extensión de territorio mayor que la del reino de Gran Bretaña. Ningún hombre bien informado supondrá que los asuntos de semejante confederación puedan ser regulados adecuadamente por un gobierno menos abarcador en sus órganos o instituciones que el que ha sido propuesto por la convención.
Cuando las dimensiones de un Estado alcanzan una cierta magnitud, este requiere la misma energía de gobierno y las mismas formas de administración que son necesarias en uno de mucho mayor alcance. Esta idea no admite una demostración precisa, porque no existe una regla mediante la cual podamos medir el ímpetu del poder civil necesario para el gobierno de un número dado de individuos; pero cuando consideramos que la isla de Gran Bretaña, casi equiparable a cada una de las supuestas confederaciones, contiene alrededor de ocho millones de personas, y cuando reflexionamos sobre el grado de autoridad requerido para dirigir las pasiones de una sociedad tan vasta hacia el bien público, no veremos razón alguna para dudar de que una porción similar de poder sería suficiente para desempeñar la misma tarea en una sociedad mucho más numerosa.
El poder civil, debidamente organizado y ejercido, es capaz de difundir su fuerza hasta un grado muy considerable y puede, en cierto modo, reproducirse en cada parte de un gran imperio mediante una disposición sensata de las instituciones subordinadas.
La suposición de que cada una de las confederaciones en las que probablemente se dividirían los Estados requeriría un gobierno no menos abarcador que el propuesto, se verá fortalecida por otra suposición, más probable que la que nos presenta tres confederaciones como la alternativa a una Unión general.
Si atendemos cuidadosamente a las consideraciones geográficas y comerciales, en conjunción con los hábitos y los prejuicios de los