¿Cómo puede su administración ser otra cosa que una sucesión de medidas provisionales, temporizadoras, impotentes, vergonzosas? ¿Cómo podrá evitar el sacrificio frecuente de sus compromisos ante la necesidad inmediata? ¿Cómo puede emprender o ejecutar ningún plan liberal o amplio de bienestar público?
Atendamos a cuáles serían los efectos de esta situación en la primera guerra en que nos viéramos envueltos. Presumiremos, a efectos de argumento, que los ingresos derivados de los aranceles de importación satisfacen los fines de una provisión para la deuda pública y de un dispositivo de paz para la Unión.
Bajo tales circunstancias, estalla una guerra. ¿Cuál sería la conducta probable del gobierno en semejante emergencia?
Enseñada por la experiencia de que no se podía confiar debidamente en el éxito de las requisiciones, incapaz por su propia autoridad de apoderarse de nuevos recursos y apremiada por consideraciones de peligro nacional, ¿no se vería empujada al recurso de desviar los fondos ya apropiados de sus fines propios para destinarlos a la defensa del Estado?
No es fácil ver cómo se podría evitar un paso de este tipo; y si se llegara a dar, es evidente que resultaría en la destrucción del crédito público en el mismo momento en que se estaba volviendo esencial para la seguridad pública. Imaginar que en una crisis así se puede prescindir del crédito sería el colmo de la insensatez.
En el sistema moderno de guerra, las naciones más adictas a la riqueza se ven obligadas a recurrir a grandes empréstitos. Un país tan poco opulento como el nuestro debe sentir esta necesidad en un grado mucho mayor. ¿Pero quién le prestaría a un gobierno que iniciara sus propuestas de endeudamiento con un acto que demostrara que no se puede confiar en la firmeza de sus medidas de pago?