culpables. Las miras del último no pueden ser rectas, y han de ser culpables.
Pero la verdad es que estos escritos no se dirigen a personas que caigan bajo ninguna de estas dos categorías. Solicitan la atención únicamente de aquellos que añaden a un celo sincero por la felicidad de su país, un temperamento favorable a una justa estimación de los medios para promoverla.
Las personas de este carácter procederán a un examen del plan presentado por la convención, no solo sin disposición a encontrar o magnificar defectos, sino que comprenderán lo adecuado que es reflexionar que no debía esperarse un plan sin faltas. Tampoco se limitarán a disculpar los errores que puedan atribuirse a la falibilidad a la que la convención, como cuerpo de hombres, estuvo expuesta; sino que tendrán presente que ellos mismos también son hombres nada más, y no deben asumir una infalibilidad al juzgar de nuevo las opiniones falibles de los demás.
Con igual prontitud se percibirá que, además de estos alicientes a la sinceridad, deben hacerse muchas concesiones ante las dificultades inherentes a la naturaleza misma de la empresa encomendada a la convención.
La novedad de la empresa nos impresiona de inmediato. Se ha demostrado en el transcurso de estos escritos que la Confederación existente se funda en principios que son falaces; que debemos, en consecuencia, cambiar este primer cimiento y, con él, la superestructura que descansa sobre él.
Se ha demostrado que las demás confederaciones que podrían consultarse como precedentes han adolecido de los mismos principios erróneos y, por consiguiente, no pueden proporcionar otra luz que la de los faros, los cuales advierten sobre el rumbo que debe evitarse, sin señalar el que debe seguirse.