La primera podría proceder de siniestros designios en los miembros principales de algunas de las legislaturas estatales; la última supondría una inafectación firme y arraigada en la gran masa del pueblo, la cual o bien no existirá jamás, o bien, con toda probabilidad, procederá de la experiencia de la ineptitud del gobierno general para el fomento de su felicidad, en cuyo caso ningún buen ciudadano podría desear su continuidad.
Pero por lo que respecta a la Cámara de Representantes federal, se pretende que haya una elección general de miembros una vez cada dos años. Si se hubiera de investir a las legislaturas estatales con el poder exclusivo de regular estas elecciones, cada periodo para realizarlas constituiría una crisis delicada en la situación nacional, la cual podría culminar en una disolución de la Unión, si los líderes de unos pocos de los estados más importantes hubieran entablado una conspiración previa para impedir una elección.
No negaré que hay cierto peso en la observación de que los intereses de cada Estado, al estar representados en los consejos federales, constituirán una garantía contra el abuso de un poder sobre sus elecciones en manos de las legislaturas estatales.
Pero la seguridad no será considerada como completa por aquellos que atienden a la fuerza de una distinción obvia entre el interés del pueblo en la felicidad pública y el interés de sus gobernantes locales en el poder y la importancia de sus cargos.
Los habitantes de América pueden estar firmemente apegados al gobierno de la Unión, en momentos en que los gobernantes particulares de Estados particulares, estimulados por la rivalidad natural del poder y por las esperanzas de engrandecimiento personal, y respaldados por una fuerte facción en cada uno de dichos Estados, se encuentren en una disposición muy opuesta.