Si el oro extranjero pudo corromper con tanta facilidad a nuestros gobernantes federales y permitirles engañar y traicionar a sus mandantes, ¿cómo ha sucedido que seamos en este momento una nación libre e independiente? El Congreso que nos condujo a través de la Revolución era un cuerpo menos numeroso de lo que serán sus sucesores; no fueron elegidos por nuestros conciudadanos en general ni eran responsables ante ellos; aunque eran nombrados de año en año y destituibles a voluntad, por lo general continuaron en sus cargos durante tres años, y antes de la ratificación de los artículos federales, por un período aún más largo.
Celebraban sus consultas siempre bajo el velo del secreto; llevaban en exclusiva nuestros asuntos con las naciones extranjeras; a lo largo de toda la guerra tuvieron el destino de su país más en sus manos de lo que es de esperar que ocurra jamás con nuestros futuros representantes; y, dada la magnitud del premio en juego y el ardor del partido que lo perdió, bien es de suponer que no se habrían escrupulado en emplear otros medios distintos de la fuerza.
Sin embargo, sabemos por feliz experiencia que la confianza pública no fue traicionada; ni la pureza de nuestros consejos públicos en este aspecto ha sufrido jamás, ni siquiera por los susurros de la calumnia.
¿Es el peligro temido proveniente de las otras ramas del gobierno federal? Pero ¿dónde se han de encontrar los medios por parte del Presidente, o del Senado, o de ambos? Sus emolumentos de cargo, es de presumir, no bastarán —y sin una corrupción previa de la Cámara de Representantes no podrán bastar— más que para fines muy distintos; sus fortunas privadas, como todos deben ser ciudadanos estadounidenses, no pueden ser jamás fuentes de peligro. El único medio, pues, del que pueden disponer, consistirá en la distribución de nombramientos.
¿Es aquí donde la sospecha deposita su acusación? A veces se nos dice que este fondo de corrupción va a ser agotado por el Presidente para