En el reino de Gran Bretaña, donde hay que proveer todo el ostentoso aparato de la monarquía, no más de una quinceava parte de los ingresos anuales de la nación se destina a la clase de gastos mencionada en último lugar; las otras catorce quinceavas partes se absorben en el pago de los intereses de las deudas contraídas para llevar a cabo las guerras en las que ese país se ha visto involucrado, y en el mantenimiento de flotas y ejércitos.
Si, por un lado, debe observarse que los gastos en que se incurre en la persecución de las empresas ambiciosas y las empresas vanas de una monarquía no son un parámetro adecuado para juzgar los que podrían ser necesarios en una república, debe señalarse, por otro lado, que debería haber una desproporción igualmente grande entre la profusión y la extravagancia de un reino rico en su administración doméstica, y la frugalidad y economía que en ese aspecto convienen a la modesta simplicidad de un gobierno republicano.
Si equilibramos una deducción adecuada de un lado con la que se supone que debería hacerse del otro, aún puede considerarse que la proporción se mantiene firme.
Pero fijémonos en la cuantiosa deuda que nosotros mismos hemos contraído en una sola guerra, y calculemos tan solo con una porción común de los acontecimientos que perturban la paz de las naciones, y percibiremos al instante, sin la ayuda de ninguna explicación elaborada, que siempre debe haber una inmensa desproporción entre los objetivos de los gastos federales y los de los estados.
Es verdad que varios de los Estados, de manera separada, están gravados con deudas considerables que son un excrecencia de la última guerra. Pero esto no puede volver a suceder, si se adopta el sistema propuesto; y cuando estas deudas sean saldadas, la única solicitud de ingresos de alguna importancia que los gobiernos estatales seguirán experimentando