a la mitad de los representantes. De este cambio de hombres debe proceder un cambio de opiniones; y de un cambio de opiniones, un cambio de medidas. Pero un cambio continuo, aun de buenas medidas, es incompatible con toda regla de prudencia y toda perspectiva de éxito. Esta observación se verifica en la vida privada, y llega a ser más justa, además de más importante, en las transacciones nacionales.
Para enumerar los perniciosos efectos de un gobierno inmutable se necesitaría un volumen. Me limitaré a sugerir unos pocos, cada uno de los cuales se percibirá como fuente de innumerables otros.
En primer lugar, pierde el respeto y la confianza de las demás naciones, y todas las ventajas vinculadas al carácter nacional.
Un individuo a quien se observa inconstante en sus proyectos, o que tal vez lleva a cabo sus asuntos sin plan alguno, es señalado de inmediato, por toda la gente prudente, como víctima segura de su propia inconstancia y necedad. Sus vecinos más bienintencionados podrán compadecerlo,