a afrontar.
Pero las ambiciosas usurpaciones del gobierno federal sobre la autoridad de los gobiernos estatales no despertarían la oposición de un solo Estado, o de unos pocos Estados solamente. Serían señales de alarma general. Cada gobierno haría suya la causa común. Se abriría una correspondencia. Se concertarían planes de resistencia. Un solo espíritu animaría y dirigiría al conjunto.
Las mismas combinaciones, en una palabra, resultarían de la aprehensión del yugo federal que las producidas por el temor al yugo extranjero; y a menos que se renuncie voluntariamente a las innovaciones proyectadas, en un caso se recurriría al mismo ensayo de la fuerza que en el otro.
Pero ¿qué grado de locura podría llevar jamás al gobierno federal a semejante extremo? En la disputa con la Gran Bretaña, una parte del imperio se empleó contra la otra. La parte más numerosa invadió los derechos de la parte menos numerosa. El intento fue injusto e imprudente; pero en teoría no era absolutamente quimérico.