intereses globales de su país, logre, si se les deja por completo a su suerte, evitar una serie de errores importantes en el ejercicio de su mandato legislativo.
Puede afirmarse, con sobrados fundamentos, que no pequeña parte de los actuales apuros de América debe achacarse a los errores de nuestros gobiernos; y que estos han surgido más de las cabezas que de los corazones de la mayoría de sus autores. ¿Qué son en verdad todas las leyes derogatorias, aclaratorias y reformatorias que llenan y deshonran nuestros voluminosos códigos, sino otros tantos monumentos de sabiduría deficiente; otras tantas acusaciones presentadas por cada sesión sucesiva contra cada sesión precedente; otras tantas advertencias al pueblo sobre el valor de esos auxilios que cabe esperar de un senado bien constituido?
Un buen gobierno implica dos cosas:
- primero, la fidelidad al objeto del gobierno, que es la felicidad del pueblo;
- en segundo lugar, el conocimiento de los medios por los cuales ese objeto puede alcanzarse mejor.
Algunos gobiernos carecen de ambas cualidades; la mayoría carece de la primera. No tengo escrúpulos en afirmar que en los gobiernos americanos se ha prestado muy poca atención a la última.
La Constitución federal evita este error; y lo que merece especial atención, provee a lo último de un modo que incrementa la seguridad para lo primero.
Cuarto. La mutabilidad de los consejos públicos derivada de una rápida sucesión de nuevos miembros, por muy calificados que puedan ser, señala del modo más enérgico la necesidad de alguna institución estable en el gobierno. Se observa que cada nueva elección en los Estados cambia