A un lado de nosotros, y extendiéndose muy lejos hacia nuestra retaguardia, crecen asentamientos sujetos al dominio de Gran Bretaña. Al otro lado, y extendiéndose hasta encontrarse con los asentamientos británicos, se hallan colonias y establecimientos sujetos al dominio de España.
Esta situación y la vecindad de las islas de las Indias Occidentales, pertenecientes a estas dos potencias, crean entre ellas, respecto a sus posesiones americanas y en relación con nosotros, un interés común.
Las tribus salvajes de nuestra frontera occidental deben ser consideradas como nuestras enemigas naturales, sus aliadas naturales, porque tienen más que temer de nosotros y más que esperar de ellas.
Los progresos en el arte de la navegación han convertido, en cuanto a la facilidad de comunicación, a las naciones distantes en gran medida en vecinas. Gran Bretaña y España se cuentan entre las principales potencias marítimas de Europa. No debe considerarse improbable una futura concordancia de puntos de vista entre estas naciones.
La lejanía cada vez mayor de la consanguinidad disminuye cada día la fuerza del pacto de familia entre Francia y España. Y los políticos siempre han considerado, con mucha razón, los lazos de sangre como vínculos débiles y precarios de conexión política.
Estas circunstancias reunidas nos advierten que no debemos ser demasiado optimistas al considerarnos completamente fuera del alcance del peligro.
Antes de la Revolución, y desde la paz, ha existido la necesidad constante de mantener pequeños contingentes militares en nuestra frontera occidental.
Ninguna persona puede dudar de que estos continuarán siendo indispensables, si solo fuera contra los estragos y depredaciones de los