Esto, hasta donde he comprendido el significado de aquellos que hacen las concesiones, es una absoluta perversión de su sentido. No se puede encontrar un solo defensor de la medida que no declare como su opinión que el sistema, aunque no sea perfecto en todas sus partes, es, en conjunto, bueno; que es el mejor que las miras y circunstancias actuales del país permiten; y que es de tal índole que promete toda clase de seguridad que un pueblo razonable pueda desear.
Respondo en segundo lugar, que consideraría como el colmo de la imprudencia prolongar el estado precario de nuestros asuntos nacionales, y exponer a la Unión al peligro de experimentos sucesivos, en la búsqueda quimérica de un plan perfecto.
Nunca espero ver una obra perfecta de un hombre imperfecto. El resultado de las deliberaciones de todos los cuerpos colectivos debe ser necesariamente un compuesto tanto de los errores y prejuicios, como del buen sentido y la sabiduría, de los individuos de que están compuestos.
Los pactos que han de abrazar a trece Estados distintos en un vínculo común de amistad y unión deben ser necesariamente un compromiso de otros tantos intereses e inclinaciones disímiles. ¿Cómo puede surgir la perfección de tales materiales?
Las razones expuestas en un excelente folleto publicado recientemente en esta ciudad,(1) son irrefutables para demostrar la absoluta improbabilidad de reunir una nueva convención bajo circunstancias que sean en algún grado tan favorables para un desenlace feliz como aquellas en las que la última convención se reunió, deliberó y concluyó.
No repetiré aquí los argumentos empleados, pues supongo que la obra misma ha tenido una amplia difusión. Ciertamente, es muy digna de ser leída por todo patriota.
Hay, sin embargo, un punto de luz bajo el cual aún queda por considerar el tema de las enmiendas, y en el que todavía no ha sido expuesto a la