para la creación de una marina poderosa. Impresiones de esta índole indicarán naturalmente la política de fomentar divisiones entre nosotros y de privarnos, en la medida de lo posible, de un COMERCIO ACTIVO en nuestros propios buques. Esto cumpliría el triple propósito de impedir nuestra injerencia en su navegación, de monopolizar las ganancias de nuestro comercio y de recortar las alas con las que podríamos elevarnos a una grandeza peligrosa. Si la prudencia no prohibiera los detalles, no sería difícil rastrear, mediante hechos, los artificios de esta política hasta los gabinetes de los ministros.
Si continuamos unidos, podremos contrarrestar una política tan hostil a nuestra prosperidad de diversas maneras. Mediante reglamentaciones prohibitivas, que se extiendan, al mismo tiempo, por todos los Estados, podremos obligar a los países extranjeros a competir entre sí por los privilegios de nuestros mercados.
Esta afirmación no parecerá quimérica a aquellos que sean capaces de apreciar la importancia que tienen los mercados de tres millones de personas —que aumentan en rápida progresión, dedicados en su mayor parte exclusivamente a la agricultura, y propensos por circunstancias locales a seguir siéndolo— para cualquier nación manufacturera; y la inmensa diferencia que habría para el comercio y la navegación de dicha nación, entre una comunicación directa en sus propios barcos y un transporte indirecto de sus productos y retornos, hacia y desde América, en los barcos de otro país.
Supongamos, por ejemplo, que tuviéramos un gobierno en América, capaz de excluir a la Gran Bretaña (con la que actualmente no tenemos ningún tratado de comercio) de todos nuestros puertos; ¿cuál sería el efecto probable de esta medida sobre su política? ¿No nos permitiría negociar, con las mejores perspectivas de éxito, privilegios comerciales de la clase más valiosa y extensa en los dominios de ese reino?