Cuando estas preguntas se han planteado en otras ocasiones, han recibido una respuesta plausible, pero no sólida ni satisfactoria. Se ha dicho que las prohibiciones de nuestra parte no producirían ningún cambio en el sistema de Gran Bretaña, porque ella podría llevar a cabo su comercio con nosotros a través de los holandeses, quienes serían sus clientes y pagadores directos por aquellos artículos necesarios para el abastecimiento de nuestros mercados.
¿Pero no se vería su navegación materialmente perjudicada por la pérdida de la importante ventaja de ser su propia transportista en ese comercio? ¿No sería interceptada la mayor parte de sus beneficios por los holandeses, como compensación por su intermediación y riesgo? ¿No ocasionaría la mera circunstancia del flete una deducción considerable? ¿No facilitaría un intercambio tan indirecto la competencia de otras naciones, al encarecer el precio de las mercancías británicas en nuestros mercados y al transferir a otras manos la gestión de esta interesante rama del comercio británico?
Una consideración madura de los objetos sugeridos por estas preguntas justificará la creencia de que las desventajas reales para Gran Bretaña derivadas de semejante estado de cosas, confabuladas con los prejuicios de una gran parte de la nación a favor del comercio americano y con las súplicas de las islas de las Indias Occidentales, producirían una flexibilización en su sistema actual y nos permitirían disfrutar de privilegios en los mercados de esas islas y de otras partes, de los cuales nuestro comercio obtendría los beneficios más substanciales.
Tal concesión obtenida del gobierno británico, y que no cabía esperar sin un equivalente en exenciones e inmunidades en nuestros mercados, probablemente tendría un efecto correspondientes sobre la conducta de otras naciones, que no estarían inclinadas a verse totalmente desplazadas de nuestro comercio.