Aunque en las mentes especulativas puede surgir de la contemplación de la naturaleza y la tendencia de tales instituciones, fortificadas por los acontecimientos ocurridos en otras épocas y países, sin embargo, como sentimiento nacional, debe atribuirse a esos hábitos de pensamiento que derivamos de la nación de la cual los habitantes de estos Estados han descendido en general.
En Inglaterra, durante mucho tiempo después de la conquista normanda, la autoridad del monarca fue casi ilimitada. Se hicieron incursiones graduales en la prerrogativa, en favor de la libertad, primero por los barones, y después por el pueblo, hasta que la mayor parte de sus pretensiones más formidables se extinguió.
Pero no fue sino hasta la revolución de 1688, que elevó al príncipe de Orange al trono de la Gran Bretaña, cuando la libertad inglesa triunfó por completo.
Como incidente del indefinido poder de hacer la guerra, prerrogativa reconocida de la corona, Carlos II había mantenido en pie por su propia autoridad, en tiempo de paz, un cuerpo de 5000 tropas regulares. Y este número lo aumentó Jacobo II a 30 000, los cuales eran pagados con su lista civil.
En la revolución, para abolir el ejercicio de una autoridad tan peligrosa, se estableció como artículo de la Declaración de Derechos entonces redactada que «el reclutamiento o mantenimiento de un ejército permanente dentro del reino en tiempo de paz, A MENOS QUE SEA CON EL CONSENTIMIENTO DEL PARLAMENTO, es contrario a la ley».
En aquel reino, cuando el pulso de la libertad latía con mayor fuerza, no se consideró necesaria ninguna garantía contra el peligro de los ejércitos permanentes, más allá de la prohibición de que fueran reclutados o