En primer lugar, como habrán sido distinguidos por la preferencia de sus conciudadanos, debemos presuponer que en general estarán también algo distinguidos por aquellas cualidades que les hacen acreedores a ella y que prometen un respeto sincero y escrupuloso hacia la naturaleza de sus compromisos.
En segundo lugar, entrarán en el servicio público bajo circunstancias que no pueden dejar de producir, al menos temporalmente, un afecto hacia sus electores.
Hay en todo pecho una sensibilidad hacia las señales de honor, de favor, de estima y de confianza que, aparte de toda consideración de interés, es cierta garantía de gratas y benévolas respuestas.
La ingratitud es un tema común de declamación contra la naturaleza humana; y debe confesarse que los casos de ella son demasiado frecuentes y flagrantes, tanto en la vida pública como en la privada. Pero la indignación universal y extrema que inspira es en sí misma una prueba de la energía y el predominio del sentimiento contrario.
En tercer lugar, los vínculos que unen al representante con sus electores se ven fortalecidos por motivos de una naturaleza más egoísta. Su orgullo y su vanidad lo ligan a una forma de gobierno que favorece sus pretensiones y le otorga una participación en sus honores y distinciones.
Cualesquiera que fuesen las esperanzas o los proyectos que pudieran albergar unos cuantos personajes ambiciosos, por lo general debía suceder que una gran proporción de los hombres que debían su ascenso a su influencia sobre el pueblo tuviera más que esperar de la conservación de ese favor que de innovaciones en el gobierno que subvirtieran la autoridad del pueblo.
Todas estas garantías, sin embargo, resultarían muy insuficientes sin la restricción de elecciones frecuentes.