seguridad del pueblo al exigir la concurrencia de dos órganos distintos en planes de usurpación o perfidia, en los que la ambición o la corrupción de uno solo bastaría por lo demás.
Esta es una precaución fundamentada en principios tan claros, y ahora tan bien comprendidos en los Estados Unidos, que sería más que superfluo explayarse sobre ella. Me limitaré a señalar que, como la improbabilidad de combinaciones siniestras estará en proporción con la desemejanza en la índole de ambos cuerpos, debe considerarse una política prudente distinguirlos entre sí mediante toda circunstancia que sea compatible con la debida armonía en todas las medidas apropiadas y con los principios genuinos del gobierno republicano.
Segundo. La necesidad de un senado no está menos indicada por la propensión de todas las asambleas únicas y numerosas a ceder al impulso de pasiones súbitas y violentas, y a dejarse seducir por líderes fajciosos hacia resoluciones desmedidas y perniciosas.
Ejemplos sobre este tema podrían citarse sin número; y de actuaciones dentro de los Estados Unidos, así como de la historia de otras naciones. Pero una posición que no será contradicha, no necesita ser probada.
Todo lo que es necesario señalar es que un cuerpo que ha de corregir esta debilidad debe estar él mismo libre de ella, y consecuentemente debe ser menos numeroso. Debe, además, poseer una gran firmeza, y consecuentemente debe mantener su autoridad por un período de considerable duración.
Tercero. Otro defecto que debe suplir un senado radica en la falta de un conocimiento adecuado de los objetos y principios de la legislación. No es posible que una asamblea de hombres llamados en su mayoría a ocupaciones de índole privada, que permanecen en sus cargos por poco tiempo y a quienes no guía ningún motivo permanente para dedicar los intervalos de su ocupación pública al estudio de las leyes, los asuntos y los