La gran masa de los ciudadanos de América está convencida con razón de que la Unión es la base de su felicidad política. Los hombres sensatos de todos los partidos convienen hoy, con pocas excepciones, en que esta no puede conservarse bajo el sistema actual, ni sin alteraciones radicales; en que deben concederse nuevos y amplios poderes a la cabeza nacional, y en que estos requieren una organización diferente del gobierno federal, siendo un cuerpo único un depositario inseguro de tan vastas autoridades.
Al conceder todo esto, debe abandonarse la cuestión de los gastos; pues es imposible, con cualquier grado de seguridad, reducir los cimientos sobre los cuales ha de asentarse el sistema. Las dos ramas del poder legislativo han de constar, en primera instancia, de solo sesenta y cinco personas, que es el mismo número de las cuales puede componerse el Congreso bajo la Confederación existente.
Es verdad que se pretende aumentar este número; pero esto se hace para marchar al mismo paso que el progreso de la población y de los recursos del país. Es evidente que un número menor habría sido inseguro, incluso desde un principio, y que la permanencia del número actual constituiría, en una etapa más avanzada de la población, una representación muy inadecuada del pueblo.
¿De dónde ha de surgir el temido aumento de gastos? Una fuente, se indicó, es la multiplicación de cargos bajo el nuevo gobierno. Examinemos esto un poco.
Es evidente que los principales departamentos de la administración bajo el gobierno actual son los mismos que se requerirán bajo el nuevo. Hay ahora un secretario de Guerra, un secretario de Asuntos Exteriores, un secretario de Asuntos Internos, una Junta de Hacienda compuesta por tres personas, un tesorero, ayudantes, oficinistas, etc. Estos funcionarios son indispensables bajo cualquier sistema y bastarán en el nuevo tanto