celo de todos los partidos a favor del Estado, y el mal no podría evitarse ni remediarse, de ser posible, sin el empleo de medios a los que siempre se debe recurrir con reticencia y dificultad.
Por otra parte, si una medida injustificada del gobierno federal fuera impopular en determinados Estados —lo cual rara vez dejaría de ocurrir—, o incluso si lo fuese una medida justificada —lo que a veces puede suceder—, los medios para oponerse a ella son poderosos y están a la mano. El descontento del pueblo; su repugnancia y, tal vez, su negativa a cooperar con los funcionarios de la Unión; el ceño fruncido de la magistratura ejecutiva del Estado; los obstáculos creados por los artificios legislativos, que a menudo se sumarían en tales ocasiones, opondrían en cualquier Estado dificultades nada desdeñables; formarían, en un Estado grande, impedimentos muy serios; y cuando los sentimientos de varios Estados colindantes coincidieran por casualidad, presentarían obstrucciones que el gobierno federal difícilmente estaría dispuesto