Cada vasallaje principal era una especie de soberanía dentro de sus propios dominios. Las consecuencias de esta situación fueron una oposición continua a la autoridad del soberano y guerras frecuentes entre los grandes barones o los principales feudatarios mismos.
El poder del jefe de la nación era por lo general demasiado débil como para preservar la paz pública o proteger al pueblo contra las opresiones de sus señores inmediatos.
Este período de los asuntos europeos es denominado enfáticamente por los historiadores como los tiempos de la anarquía feudal.
Cuando el soberano resultaba ser un hombre de temperamento vigoroso y belicoso y de capacidades superiores, adquiría un peso e influencia personales que respondían, por el momento, al propósito de una autoridad más regular. Pero, en general, el poder de los barones triunfaba sobre el del príncipe; y en muchos casos su dominio era totalmente rechazado, y los grandes feudos se erigían en principados o Estados independientes.
En aquellos casos en que el monarca finalmente prevalecía sobre sus vasallos, su éxito se debía principalmente a la tiranía de dichos vasallos sobre sus dependientes. Los barones, o nobles, igualmente enemigos del soberano y opresores del pueblo llano, eran temidos y odiados por ambos; hasta que el peligro mutuo y el interés mutuo efectuaron una unión entre ellos fatal para el poder de la aristocracia.
Si los nobles, mediante una conducta de clemencia y justicia, hubieran preservado la fidelidad y la devoción de sus vasallos y seguidores, las luchas entre ellos y el príncipe casi siempre habrían terminado a su favor, y con la reducción o subversión de la autoridad real.
Esta no es una afirmación fundada meramente en la especulación o la conjetura. Entre otros ejemplos de su veracidad que podrían citarse,