A menos que la exclusión sea perpetua, no habrá pretexto para deducir la primera ventaja. Pero aun en ese caso, ¿no podrá tener ningún objetivo más allá de su puesto actual, al cual pueda sacrificar su independencia? ¿No podrá tener conexiones, ni amigos, por quienes sacrificarla? ¿No estará acaso menos dispuesto, mediante una conducta firme, a crearse enemigos personales, cuando actúa bajo la impresión de que se acerca rápidamente el momento en el cual, a su llegada, no solo PUEDE, sino que DEBE quedar expuesto a sus resentimientos, en un plano de igualdad, o tal vez de inferioridad? No es un punto fácil de determinar si su independencia se vería más favorecida o menoscabada por semejante disposición.
En cuanto a la segunda supuesta ventaja, hay motivos aún mayores para albergar dudas al respecto.
Si la exclusión hubiese de ser perpetua, un hombre de ambición desordenada, respecto del cual únicamente cabría en cualquier caso albergar temores, se sometería con infinita repugnancia a la necesidad de despedirse para siempre de un cargo en el que su pasión por el poder y la preeminencia hubiese adquirido la fuerza de la costumbre.
Y si hubiera sido lo suficientemente afortunado o diestro como para granjearse la buena voluntad del pueblo, podría inducirle a considerar como una coacción muy odiosa e injustificable para consigo mismo una disposición destinada a privarle del derecho de dar una nueva prueba de su afecto a un favorito.
Pueden concebirse circunstancias en las cuales este disgusto del pueblo, secundando la frustrada ambición de tal favorito, podría ocasionar un peligro mayor para la libertad del que jamás podría temerse razonablemente de la posibilidad de una perpetuación en el cargo, mediante los sufragios voluntarios de la comunidad, en ejercicio de un privilegio constitucional.