mediante leyes que actúen sobre ellos en sus capacidades colectivas, y que deban ser ejecutadas por una coacción aplicable a ellos en esas mismas capacidades.
Un proyecto de esta especie es poco menos que romántico que ese espíritu domador de monstruos que se atribuye a los fabulosos héroes y semidioses de la antigüedad.
Aun en aquellas confederaciones que han estado compuestas por miembros más pequeños que muchos de nuestros condados, el principio de legislar para Estados soberanos, respaldado por la coerción militar, nunca ha resultado eficaz. Raras vez se ha intentado emplear, sino contra los miembros más débiles; y en la mayoría de los casos los intentos de coaccionar a los refractarios y desobedientes han sido la señal de guerras sangrientas, en las cuales una mitad de la confederación ha desplegado sus banderas contra la otra mitad.
El resultado de estas observaciones para una mente inteligente