ordinario del gobierno, cuanto más acostumbrados estén los ciudadanos a tropezar con ella en los sucesos comunes de su vida política, cuanto más familiarizada esté a su vista y a sus sentimientos, cuanto más penetre en aquellos objetos que tocan las fibras más sensibles y ponen en movimiento los resortes más activos del corazón humano, tanto mayor será la probabilidad de que se concilie el respeto y el afecto de la comunidad.
El hombre es en gran medida una criatura de hábitos. Una cosa que rara vez impresiona sus sentidos por lo general ejercerá poca influencia sobre su mente. Difícilmente puede esperarse que un gobierno continuamente distante y fuera de vista interese las sensaciones del pueblo.
La inferencia es que la autoridad de la Unión, y el afecto de los ciudadanos hacia ella, se verán fortalecidos, más bien que debilitados, por su extensión a lo que se llama asuntos de interés interno; y tendrá menos ocasión de recurrir a la fuerza, en proporción a la familiaridad y amplitud de su acción. Cuanto más circule a través de aquellos canales y corrientes en los que fluyen naturalmente las pasiones de la humanidad, menos necesitará el auxilio de los violentos y peligrosos recursos de la coacción.
Una cosa, a fin de cuentas, debe ser evidente: que un gobierno como el propuesto tendría muchas más probabilidades de evitar la necesidad de recurrir a la fuerza que esa especie de liga que defienden la mayoría de sus oponentes, cuya autoridad solo operaría sobre los Estados en sus capacidades políticas o colectivas.
Se ha demostrado que en semejante Confederación no puede haber otra sanción para las leyes que la fuerza; que las frecuentes transgresiones de los miembros son el fruto natural de la estructura misma del gobierno; y que siempre que estas ocurren, solo pueden remediarse, si es que acaso pueden, mediante la guerra y la violencia.
El plan presentado por la convención, al extender la autoridad de la cabeza federal a los ciudadanos particulares de los diversos Estados,