con los que se le ha opuesto. Estoy persuadido de que es el mejor que nuestra situación política, nuestros hábitos y opiniones admiten, y superior a cualquiera que la revolución haya producido.
Las concesiones por parte de los amigos del plan, en el sentido de que este no puede pretender una perfección absoluta, han dado motivo a no poco triunfo para sus enemigos.
«¿Por qué —dicen— habríamos de adoptar algo imperfecto? ¿Por qué no enmendarlo y hacerlo perfecto antes de que se establezca irrevocablemente?».
Esto puede ser bastante plausible, pero no es más que plausible.
En primer lugar observo que la magnitud de estas concesiones ha sido enormemente exagerada. Se ha afirmado que equivalen a una admisión de que el plan es radicalmente defectuoso y de que, sin alteraciones sustanciales, no se pueden confiar a él con seguridad los derechos y los intereses de la comunidad.