Bretaña. * Se nos ha mostrado con la diadema centelleando en su frente y la púrpura imperial flotando en su séquito. * Se le ha sentado en un trono rodeado de esbirros y favoritas, concediendo audiencia a los enviados de potentados extranjeros, con toda la altanera pompa
A las imágenes del despotismo y la voluptuosidad asiáticas casi no les ha faltado nada para coronar esta escena exagerada. Se nos ha enseñado a temblar ante los rostros terroríficos de los jenízaros asesinos y a ruborizarnos ante los misterios desvelados de un futuro serrallo.
Intentos tan extravagantes como estos para desfigurar o, más bien podría decirse, para metamorfosear el objeto, hacen necesario tomar una vista precisa de su naturaleza y forma reales: tanto para cerciorarse de su verdadero aspecto y genuina apariencia, como para desenmascarar la falta de franqueza y exponer la falacia de las semejanzas falsificadas que han sido tan insidiosa como industriosamente propagadas.
En la ejecución de esta tarea, no hay hombre que no considerara un esfuerzo arduo contemplar con moderación, o tratar con seriedad, los artificios, no menos débiles que perversos, que se han ideado para pervertir la opinión pública en relación con el tema.
Superan de tal modo las habituales aunque injustificables licencias del artificio partidista, que aun en la disposición más franca y tolerante, deben obligar a los sentimientos que favorecen una interpretación indulgente de la conducta de los adversarios políticos a ceder el paso a una indignación voluntaria y sin reservas.
Es imposible no atribuir la imputación de deliberada impostura y engaño a la grosera pretensión de semejanza entre un rey de la Gran Bretaña y un magistrado del carácter delineado para el del Presidente de los Estados Unidos.