Hay personas que se imaginan que nunca se puede llegar demasiado lejos en cuanto a su elevación; puesto que cuanto más altas estén, más se afirma que tenderán a desalentar un consumo extravagante, a producir una balanza comercial favorable y a promover las manufacturas nacionales.
Pero todos los extremos son perniciosos de diversas maneras. Unos aranceles exorbitantes sobre los artículos importados engendrarían un espíritu general de contrabando, lo cual siempre es prejudicial para el comerciante honesto y, a la postre, para los propios ingresos públicos;
- tienden a hacer que las demás clases de la comunidad tributen, en un grado indebido, a las clases manufactureras, a quienes otorgan un monopolio prematuro de los mercados;
- a veces apartan la industria de sus cauces más naturales hacia otros por los cuales fluye con menor ventaja;
- y, por último, oprimen al comerciante, quien a menudo se ve obligado a pagarlos por sí mismo sin ninguna retribución por parte del consumidor.
Cuando la demanda es igual a la cantidad de mercancías en el mercado, el consumidor paga por lo general el derecho; pero cuando los mercados se encuentran abarrotados, una gran parte recae sobre el comerciante, y a veces no solo agota sus ganancias, sino que menoscaba su capital.
Soy propenso a creer que una división del impuesto, entre el vendedor y el comprador, ocurre con más frecuencia de lo que comúnmente se imagina. No siempre es posible elevar el precio de una mercancía en exacta proporción a cada imposición adicional que se le carga. El comerciante, especialmente en un país de escaso capital comercial, se ve a menudo en la necesidad de mantener los precios bajos con el fin de lograr una venta más expedita.
La máxima de que el consumidor es quien paga es mucho más a menudo verdadera que lo inverso de la proposición, por lo que es mucho más