habría más frecuentemente motivos para acusarlo de timidez que de temeridad en su ejercicio.
Un rey de la Gran Bretaña, con todo su cortejo de atributos soberanos, y con toda la influencia que extrae de mil fuentes, dudaría hoy en día en vetar las resoluciones conjuntas de las dos cámaras del Parlamento.
No dejaría de emplear los máximos recursos de su influencia para sofocar una medida que le desagradaba, en su avance hacia el trono, con el fin de evitar verse reducido al dilema de permitir que cobrara efecto, o de arriesgarse al desagrado de la nación mediante una oposición al sentir del cuerpo legislativo.
Tampoco es probable que en definitiva se arriesgara a ejercer sus prerrogativas, sino en un caso de manifiesta pertinencia o extrema necesidad. Todos los hombres bien informados de ese reino convendrán en lo acertado de esta observación. Ha transcurrido un periodo muy considerable desde la última vez que se ejerció el veto de la corona.