subyugar la virtud del Senado. Ahora, la fidelidad de la otra Cámara va a ser la víctima. La improbabilidad de una combinación tan mercenaria y perfida de los diversos miembros del gobierno, asentados sobre bases tan diferentes como los principios republicanos bien pueden admitir, y al mismo tiempo responsables ante la sociedad sobre la cual están situados, debería por sí sola calmar este temor.
Pero, afortunadamente, la Constitución ha provisto una garantía aún mayor. A los miembros del Congreso se les declara inelegibles para cualquier cargo civil que pueda crearse, o cuyos emolumentos sean aumentados, durante el período para el cual fueron elegidos. Ningún cargo puede, por lo tanto, repartirse entre los miembros actuales, salvo aquellos que queden vacantes por accidentes ordinarios; y suponer que estos serían suficientes para corromper a los guardianes del pueblo, seleccionados por el propio pueblo, es renunciar a toda regla mediante la cual deban calcularse los acontecimientos, y sustituirla por unos celos indiscriminados e ilimitados, con los cuales todo razonamiento ha de ser en vano.
Los amigos sinceros de la libertad, que se entregan a las extravagancias de esta pasión, no son conscientes del daño que le hacen a su propia causa. Así como hay un grado de depravación en la humanidad que requiere cierto grado de circunspección y desconfianza, también hay otras cualidades en la naturaleza humana que justifican una porción de estima y confianza. El gobierno republicano presupone la existencia de estas cualidades en un grado mayor que cualquier otra forma. Si los cuadros que han trazado los celos políticos de algunos entre nosotros fuesen retratos fieles del carácter humano, la inferencia sería que no hay suficiente virtud entre los hombres para el autogobierno; y que nada menos que las cadenas del despotismo puede evitar que se destruyan y devoren los unos a los otros.
PUBLIUS Anclaje H2